domingo, 29 de octubre de 2023

Está bien, aproveché el estado de conmoción que me provocó este suceso para acostarme en lo que ahora era mi nueva cama temporal viendo mi techo y refleccionar acerca de lo que ha sido mi efimera estadía como humana racional en este basto universo en el que nos encontramos, porque sobrepensar es el deporte favorito de los ansiosos.

Antes disfrutaba ver series cortas que podía maratonear, o ver el mayor número de temporadas en el menor tiempo posible, ver vídeos sobre gente probando comidas de otras partes del mundo e imaginarme qué se sentirá probarlas yo también y a veces cuestionarme si algún día lo haré, jugar partidas de 40 minutos cada una, jugar e intercambiar cromas para tener in perfil lindo o intentar que mi granja prospere, enterarme el minuto de una pelea entre streamers como si mi vida dependiese de ello, o solo pasar todo el día viendo vídeos en tik tok, antes todo eso me llenaba, me hacía sentir parte de algo y me ayudaba a ignorar el hecho de en algún momento ya no tendré que quejarme de que el correo siga diciendome que ya no tengo almacenamiento aunque ya haya borrado la más minima huella de mi ser del mismo, que ya no tendré que quejarme más cuando haga mercado porque las cosas son caras, o porque llevo una semana faltando a la universidad porque no quiero salir de la cama, ya no tendré que quejarme de eso porque dejaré de existir, y es tan simple como suena, sin creditos, sin despedidas, sin autodespedídas ni agradecimientos a nadie por absolutamente nada, cuando mueres solo desapareces y ya.

No entiendo por qué ahora hacer todas esas cosas ya no hacen olvidarme de ese hecho, ya no me hacen sentir llena, pero agradezco que sea así, porque desde que dejé de hacer estas cosas empecé a hacer historias de los sueños más estrambóticos que mi cerebro crea a altas horas de la madrugada sin ninguna razón aparente, retomé mi amor por caminar hacia ningun lado solo porque tengo la fiel creencia de que somos plantas y solo necesitamos sol y agua para ser felices, comencé a hacer recetas que veo en internet, que sé que probablemente me vayan a quedar mal, pero igual las hago, porque tengo la esperanza de que eso me hará una aclamada chef algun día (así sea solo para las personas que amo), volví a mi blog, ese pequeño espacio para compartir mis sentimientos y pensamientos para ser escuchada, porque de alguna u otra manera todos queremos dejar un rastro de lo que somos y lo que fuimos en este globito que flota.

El miedo a ser olvidados es una clase de miedo a desaparecer, a ya no estar aquí y que todo siga como si nada, porque en realidad eso somos, nada, no porque ya no esté las tiendas van a dejar de abrir, o van a seguir cancelando las temporadas de aquella serie que vi y me encantó, no porque ya no esté el planeta va a dejar de girar, pero está bien, no voy a estar para darme cuenta de ello.

A pesar de que ninguno de nosotros es universalmente necesario, siempre buscamos destacar, buscamos brillar, buscamos ser alguien en una realidad en la que nadie es realmente nada, y a mi parecer de las cosas eso está bien, gracias a ese pensamiento decidí dejar de ser una expectadora de la vida y pasar a ser el árbol número tres de la obra, y dejar de ser la que observa como todos bailan y pasar a ser la que baila y nadie observa de todos modos, a dejar de buscar alguien de quien enamorarme y pasar a enamorarme de la persona tan singular y efimera que soy.

Ya no solo contemplo la vida, la interpreto y eso no cambia que en algunos años o decadas se llegue a evaporar todo rastro de aquello que he sido y llegué a ser en esta peculiar realidad en la que existimos, pero hace que disfrute el viaje a ese destino, y de alguna manera eso me hace feliz, y por eso está bien.

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