viernes, 22 de agosto de 2025

 


Siempre he sido mala con las despedidas. A veces prefiero olvidar de inmediato para que las cosas duelan menos, pero no, tú no mereces el olvido. Solo me quedan recuerdos, recuerdos que intento contener, como quien intenta encerrar una nube entre sus manos, con cierta torpeza e ilusión de llegar a lograrlo, pero claramente, fracasando. 

Me acompañaste por 13 años, casi la mitad de mi vida, y entre los recuerdos que más frecuentan mi cabeza, es como me concentraba en tu respiración para quedarme dormida, o siempre que tenía un mal día, lo único que quería era llegar rápido a la casa para arruncharme contigo, me brindaste mucha tranquilidad y amor en mis peores momentos. Te pienso mucho en las mañanas, llegan a mi esos instantes, en los que al despertar, te cantaba los buenos días (de una forma bastante ridícula, debo confesar), tú movías tu colita, dabas pequeños saltos y te parabas apoyada en mi, para que procediera a llenarte de besos y caricias. Han pasado un poco más de dos meses desde que te fuiste, y aún juro escucuhar tu respiración cuando despierto en medio de la noche, luego recuerdo que ya no estás. 

Son raros los duelos, cómo un día puedes escarbar en este baúl de memorias que lleva tu nombre junto a un corazón en la cubierta, saliendo completamente ilesa, pero a los días te sale un recuerdo en el celular, generando una abalancha de emociones y ahora estás intentando con todas tus fuerzas no quebrarte en medio de una clase. Esto no es algo lineal, lo sé, lo tengo tatuado en la cabeza luego de años de terapia, pero, puta madre, nunca deja de ser difícil. 

Soy consciente, pude haber hecho las cosas mejor, deseo haber llenado más de besos tu carita, haber sido más pasciente en algunas situaciones, haberte rascado más donde te gustaba que te rascara y haberte acariciado más tus suaves orejas. 

Te llevas contigo un pedazo de mi alma. 

Te  amo, y te extraño, mi princesa hermosa.