viernes, 19 de octubre de 2012


Ella despertará. 
Le pedirá cinco minutos más al despertador, como lo hace todo el mundo. 
Buscará su uniforme de la escuela, se vestirá y se peinará. 
Esbozará una sonrisa convincente frente al espejo, tratando de engañarse a sí misma, sobre todo. 
No desayunará, en vez de eso buscará sus auriculares y se perderá en la música. 
Se subirá al auto, una vez más la música se adueñará de su pensamiento en los tres minutos desde su casa a la escuela. 
Al llegar, mirará por los vidrios. Tomará fuerza, respirará profundo y dibujará en su cara aquella sonrisa que ya había practicado. 
Saludará a sus amigas, si es que las puede llamar así. Se siente sola, y ninguna de ellas opaca su sentimiento. 
Reirá toda la mañana. 
Conversará alegremente con aquél que le hable. 
Reirá un poco mas, y regalará sus poco valoradas sonrisas a todo el mundo. 
Sentirá la campana sonar. Se sentirá aliviada, y saldrá a toda prisa. 
Llegará a su casa. 
Ella reirá de nuevo, mostrándose feliz. Acá no pasa nada. 
La invitarán a salir. 
Dirá que no. 
Al final, terminará aceptando, no sabe negarse. 
Volverá a reír. 
Y otra vez. 
Entrará a su casa.
Correrá a su cuarto. 
Mirará la página en blanco de su cuaderno. 
La manchará de tinta. 
Y… Romperá a llorar. 


¿Por qué? Se preguntará y escribirá la respuesta. Fue la suma de todas las sonrisas falsas que la envenenaron, que tenían que de alguna forma, abandonar su cuerpo. De otra forma, la contagiarían de aquella enfermedad llamada hipocresía.  


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